Cuando nos miramos al espejo, ¿lo hacemos para ver cómo nos ven los demás? ¿O para ver si el espejo nos devuelve la imágen que tenemos de nosotros? A veces lo que más odiamos de los demás, es un reflejo de lo que más odiamos de nosotros.
Los espejos pueden ser traicioneros, uno puede perderse en un espejo; como Narciso, que de an enamorado de sí mismo, que de tanto mirarse en el reflejo de un lago, se ahogó. Hay espejos en los que queremos reflejarnos; hay espejos en los que uno ve lo que quiere ver, pero también lo que no quiere ver; hay espejos en los que no queremos mirarnos; hay espejos en los que uno no se reconoce.
Si no te gusta lo que ves en el espejo, no ganas nada rompiéndolo; uno elige lo que quiere ver en el espejo; puede ver ese rasgo que detesta o esa sonrisa hermosa. ¿Quién no se miró alguna vez en el espejo y recibió una imágen que no le gustó? No hay que luchar contra el espejo, es una pelea perdida de antemano, sin sentido; si no te gusta lo que ves en el espejo, reíte, te vas a empezar a gustar un poco más.
El espejo no miente, el espejo nos muestra las cosas tal cual son; nos muestra lo que tenemos, y también lo que más nos falta. Nuestros ojos pueden ver todo, menos a nosotros mismos, para eso necesitamos un espejo. Mientras nos miremos en espejos equivocados, siempre vamos a encontrar destrucción. Hace falta mucho coraje para mirarse al espejo y aceptar lo que vemos.
No existe el espejo que nos muestre lo que queremos ver, sólo hay que mirarse al espejo y aceptar lo que somos, porque eso, nos guste o no, es lo que somos...
viernes, 21 de noviembre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario