lunes, 13 de julio de 2009
Fines de verano, febrero de 2008. Una historia que empezaba repentinamente, un amor que caía del cielo, algo que nunca se buscó. Ella tenía miedo, él dejaba algún que otro amor en el pasado y la idea de hacer sufrir a un tercero tenía un gusto amargo. Pero bueno, a veces encaminamos rutas que no queremos (o simplemente tenemos cierto miedo a cruzarlas) y después no hay vuelta atrás, empezas a transitarlo y te olvidas de aquello que antes era motivo de dudas y temores. En el camino ella cargaba una cajita de ilusiones que conservaba como un tesoro y que duraron un tiempo. Hasta que él se llevó la primera cuando se fue: estar juntos para siempre. ¿Cuánto podía durar una relación a distancia? ¿Cómo se demostraba con echos lo que no se podía con palabras? ¿Cómo perduraba la confianza? ¿Cómo evitar auto-destruirse transitando caminos diferentes durante tantos días? De parte de ella, la confianza existía, de parte de él no me pregunten porque no lo sé. Pero no todo dura lo que esperamos y una vida no es un cuento de hadas, y sobre todo, ella no era una princesa. En ese cmaino se cruzan personas, tormentas pasajeras y tormentas interminables. Una vez que todo el miedo se perdió, se prometieron volver a encontrarse y pasar cada minuto con completos 60 segundos juntos. Y ahí él robó prácticamente todas las ilusiones que llevaba en esa caja, todas, no dejó ni una porque es un miserable y porque nada le importa. Él y todo lo que lo rodeaba era mierda para ella y ya no existía (tendría que borrar esta oración, porque si les soy sincera, ella a veces se acuerda de él) Entonces es mejor decir, que ya no valía tanto. Pero todavía había cosas que los unían, como alguna que otra carta escondida en un cajón, alguna canción que les recuerde el tiempo que pasaron juntos, algunas fotos almacenadas en álbumes prohibidos, alguna calle que frecuentaban seguido, o cualquier otra tontería con la cual enseguida se le venía a la mente, su nombre, su rostro e inmediatamente la angustia por todas las ilusiones que le robó. Hoy ella, cierra ese camino con murallas, para no volver a pisarlo nunca más o al menos recordar que si quiere hacerlo, lleve con ella una caja de risas, mazclado con el sabor de la dulce venganza.
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