lunes, 13 de julio de 2009

Él no entendía nada de mi. Sólo mi cuerpo, y yo entendía el suyo. De día lo despreciaba. Pero no podía vivir sin él. Me traicionaba, me humillaba y después con un beso le perdonaba todo. Una noche no volvió. Se había ido con otra. Si una palabra. Pero con las prisas, se olvidó la pistola.
Yo pensaba, ¿me disparo o le disparo a él? Pero de repente me vi frente al espejo y empecé a cepillarme así, despacio, pasada a pasada y se me iban deshaciendo los rizos (...) con la centésima pasada el pelo estaba liso. Me miré. Él ya no tenía poder sobre mi. Era otra.

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