martes, 20 de enero de 2009


Cuando somos chicos vivimos en el constante desequilibrio emocional. Balanceándonos de un extremo a otro, adicionándole a cada acto un sobrepaso imaginario. Vivimos en la desmesura de la infancia, y el desenfreno de la adolescencia donde se magnifica el amor, la amistad, el odio, la tristeza, la esperanza, la desolación, el dolor, la alegría, el llanto. Es todo o nada. Tenemos mejores amigas, amamos para toda la vida, sufrimos para siempre, lloramos como Girondo, odiamos hasta el tuétano.
Nos salimos de los márgenes, para pintar la vida más allá de los contornos. Porque no hay grises, sino arcoiris.
Hasta que los años nos encajan en injutas medidas. Y entonces evaluamos, razonamos, justificamos, medimos, analizamos, calculamos. Nos atenemos al espacio limitado al que somos confinados. Nada existe más llá del horixonte que alcanza nuestra vista. Todo es hasta aquí pero no hay nada más allá. Entonces hasta los sueños comienzan a ser inverosímiles. Y dejamos de creer, de esperar, de sorprendernos. Y sólo lo que es posible y mesurable se concibe como real. Se supone que vamos encontrando el equilibrio, porque los extremos no son buenos
Adiós a las hadas y los duendes. A los monstruos detrás de las puertas. A los cuentos de princesas hechos realidad. A los elefantes dentro de las boas. A los juegos, a los besos porque sí, los amigos imaginarios, los novios de mentira.
llegaron los números, los contactos, los compromisos, los protocolos, las reglas, los horarios, las responsabilidades, los cuidados.
Se esfuma con el tiempo el encante de la improvisación, de la sinceridad, de la expresividad. Se pierda la espontaneidad de un abrazo sin premeditar, las lágrimas sin contención, el te quiero infinito, el pacto indrestuctuble.
Se deshace el hechizo. Peter Pan se va por la ventana. Nos quedamos como Wendy. Y sin darnos ni siquiera cuenta, los traicionamos, y nos volvemos adultos.

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